Irán al borde del abismo: protestas, temores de guerra y estabilidad del régimen

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Los recientes disturbios en Irán, marcados por protestas generalizadas y cortes de Internet, se desarrollan en un contexto de crisis económica, escalada de tensiones regionales y un panorama político profundamente fracturado. Si bien oleadas de protestas anteriores han sido reprimidas, los expertos sugieren que esta vez puede ser diferente, ya que el régimen enfrenta una presión sin precedentes desde múltiples frentes.

Una tormenta perfecta de descontento

Las protestas estallaron a finales de diciembre, inicialmente alimentadas por la ira económica por el colapso del rial iraní y la creciente inflación. Los comerciantes de Teherán cerraron sus tiendas y los disturbios se extendieron rápidamente por todo el país. La situación se intensificó después de que el príncipe heredero exiliado Reza Pahlavi convocara manifestaciones, aunque el descontento ya se estaba gestando mucho antes de su intervención.

La respuesta del gobierno iraní ha sido típica: apagones de Internet y represión violenta. Los grupos de derechos humanos informan de más de 40 muertes y miles de detenidos. Sin embargo, a diferencia de episodios pasados ​​de disturbios, la situación actual se complica por factores externos, en particular la amenaza de una intervención directa de Estados Unidos. La advertencia del presidente Trump de que Estados Unidos está “listo y preparado” si los manifestantes resultan heridos añade una dimensión impredecible, lo que obliga a los líderes iraníes a sopesar la represión interna con el riesgo de guerra.

El peso del conflicto

Las protestas se desarrollan en medio de un contexto geopolítico más amplio: los recientes enfrentamientos militares de Irán con Israel y su vacilante programa nuclear. Según Vali Nasr, un destacado experto en Irán, la principal preocupación del régimen no es la estabilidad interna, sino la perspectiva de un ataque inminente por parte de Estados Unidos o Israel. La mentalidad bélica ha complicado la toma de decisiones, ya que reprimir las protestas corre el riesgo de desencadenar un conflicto más amplio, mientras que la inacción podría envalentonar a los manifestantes.

“La toma de decisiones para Irán se volvió mucho más complicada, porque si no se toman medidas drásticas, las protestas se harán más grandes y los manifestantes ahora asumirán que Estados Unidos los respalda y podrían presionar más”, explica Nasr.

Instrumentalizando la protesta

Estados Unidos e Israel apoyan abiertamente a los manifestantes, aunque sus motivos están lejos de ser altruistas. Ambas naciones ven los disturbios como una herramienta para debilitar o quebrar a la República Islámica. La alineación de Trump con las protestas no tiene que ver con la promoción de la democracia, sino con aprovechar el caos para ejercer presión sobre Irán.

“Tanto para Trump como para Israel, la cuestión no es que quieran ayudar a los iraníes a disfrutar de derechos democráticos; la cuestión principal es cómo pueden debilitar y quebrar a la República Islámica”, afirma Nasr.

Un sistema llegando a sus límites

Más allá de los desencadenantes inmediatos, el descontento profundamente arraigado con la República Islámica está impulsando el malestar. Muchos iraníes, independientemente de su edad o ideología, han perdido la fe en la capacidad del sistema para generar prosperidad económica o respeto internacional. El colapso de los representantes iraníes en la región, sumado a las sanciones económicas y la corrupción interna, ha erosionado la legitimidad del régimen.

“La presión sobre la República Islámica es bastante severa y seria”, observa Nasr. “Incluso antes de la guerra de junio, y más aún después, hubo intensos debates dentro de los pasillos del poder en la República Islámica sobre el futuro del país”.

La cuestión de la sucesión

La estabilidad a largo plazo del régimen depende de la salud del líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, que ahora tiene 86 años. Su eventual fallecimiento probablemente desencadenará una lucha de poder, lo que podría abrir la puerta para que facciones reformistas desafíen a los partidarios de la línea dura.

“Cualquier líder que venga en su lugar no será tan poderoso como él, tomará varios años para que cualquier líder consolide el poder, y en ese período, habrá combates mucho más intensos y mucha más capacidad por parte de diferentes facciones para básicamente poner sobre la mesa escenarios muy diferentes para el futuro de Irán”.

La situación sigue siendo volátil y no está claro si las protestas actuales conducirán a una revolución genuina o a otro ciclo de represión. Sin embargo, la confluencia del descontento interno, la presión externa y el envejecimiento del liderazgo sugieren que Irán enfrenta una coyuntura crítica, donde los cimientos de la República Islámica están siendo puestos a prueba como nunca antes.