La política estadounidense se define cada vez más por choques culturales más que por preocupaciones económicas, y el cambio no es accidental. Un nuevo estudio revela que el auge de la televisión competitiva –específicamente, las noticias por cable de 24 horas– incentivó a las emisoras a priorizar cuestiones sociales con carga emocional sobre el debate económico sustantivo, alterando fundamentalmente las prioridades de los votantes. Esta tendencia no ha hecho más que acelerarse con la proliferación de los medios digitales, donde la atención es un juego de suma cero.
El cambio histórico: de la economía a las guerras culturales
Durante décadas, la clase económica fue el predictor dominante del comportamiento electoral. De 1948 a 2012, los votantes blancos más pobres se inclinaron consistentemente hacia la izquierda, mientras que los más ricos favorecieron a la derecha. Este patrón comenzó a desmoronarse en 2016, culminando en un marcado cambio en 2024: cuanto más pobre era el votante blanco, más probabilidades había de que apoyara a Donald Trump. Esto no es simplemente una cuestión de personalidad; es un realineamiento estructural impulsado por el panorama mediático.
A partir de finales de la década de 1960, los debates sobre la inmigración, la delincuencia, el aborto y el género se volvieron cada vez más prominentes. Los votantes comenzaron a clasificarse menos por actitudes económicas y más por actitudes culturales. Esto creó un vacío político que Trump aprovechó, rebautizando al Partido Republicano como un defensor de los agravios culturales mientras los demócratas luchaban por mantener el apoyo de la clase trabajadora.
Cómo las noticias por cable cambiaron el juego
El punto de inflexión clave no fue orgánico; fue diseñado por las fuerzas del mercado. Antes de la llegada del cable, las cadenas de las “Tres Grandes” (CBS, NBC y ABC) disfrutaban de un dominio casi monopólico. Las divisiones de noticias fueron tratadas como proyectos de prestigio, priorizando la cobertura económica en profundidad sobre las historias sensacionalistas. Pero cuando la televisión por cable explotó, la competencia se intensificó. Las cadenas se dieron cuenta de que las controversias culturales retenían a los espectadores mucho mejor que los áridos informes económicos.
Los investigadores del MIT y Harvard, Shakked Noy y Akaash Rao, analizaron décadas de transcripciones de televisión y datos de audiencia. Sus conclusiones son contundentes: las cadenas de noticias por cable priorizaron sistemáticamente los temas de la guerra cultural porque eran más rentables. Cuando una cadena pasó de los segmentos culturales a los económicos, la audiencia cayó un 2,2%, una penalización significativa en la economía de la atención.
La aceleración digital
El problema no se limita al cable. El auge de los medios digitales no ha hecho más que amplificar la tendencia. Plataformas como TikTok, X (anteriormente Twitter) y YouTube funcionan según el mismo principio: la indignación impulsa la participación. La política económica se puede debatir; La identidad, el género y la inmigración son desencadenantes inmediatos y viscerales. En un mundo donde el entretenimiento está a sólo un clic de distancia, los medios políticos no tienen más remedio que apoyarse en los temas más cautivadores (y divisivos).
Por qué esto importa: la democracia bajo presión
Las consecuencias son crudas. Los votantes dan prioridad a las batallas culturales sobre las realidades económicas, incluso cuando reconocen que las preocupaciones materiales son primordiales. Esto permite a los políticos explotar los agravios y ganar elecciones sin abordar los problemas sistémicos. El estudio incluso muestra que los políticos en áreas con alta exposición a las noticias por cable tienen más probabilidades de centrarse en temas de guerra cultural en sus anuncios de campaña.
Los autores señalan que la política económica sigue siendo importante y que los candidatos que se centran en cuestiones cotidianas obtienen mejores resultados en general. Pero el realineamiento cultural ha creado una situación en la que es más probable que los votantes elijan un partido basándose en su identidad que en su propio interés económico.
El resultado final
La erosión del debate económico en la política estadounidense no es resultado de una casualidad. Es una consecuencia directa de cómo las empresas de medios se adaptaron a una economía de atención hipercompetitiva. Los incentivos son claros: las controversias culturales venden, y en un mundo ahogado en opciones de entretenimiento, los medios políticos no tienen más remedio que seguir el juego. Esto plantea una amenaza fundamental a la democracia, ya que prioriza la indignación fabricada sobre las soluciones políticas sustantivas.
