La apuesta de Trump hacia Cuba: por qué el poder duro falla aquí

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Los federales acusaron a Raúl Castro la semana pasada. Un expresidente de 94 años. Por un accidente aéreo en 1996 que mató a cuatro personas, entre ellas tres estadounidenses. Parece arcaico. Parece 1979 pero más fuerte.

La acusación no es un hecho aislado. Se suma a una enorme crisis energética en La Habana, provocada por el corte por parte de Washington del suministro de petróleo venezolano. Sin combustible. Sin electricidad. Apagones que afectan a hospitales, hogares y escuelas. Cuba redujo su semana laboral a cuatro días. Las universidades dijeron a los estudiantes que se quedaran en casa.

¿Por qué estamos aquí?

“Todo depende de nosotros”, dijo la experta en Cuba Cécile Shea. “Estados Unidos se aseguró de que ningún país exportara petróleo a Cuba durante 50 años… Ahora que Venezuela también está fuera, se han quedado sin petróleo”.

El Secretario de Estado Marco Rubio intentó un giro diferente. Habló en español. Culpó a la mala gestión cubana, no a la política estadounidense. Dígale a su gobierno que renuncie, sugirió.

¿Tiene razón? No. Shea no está de acuerdo. La red está cortada porque literalmente no hay combustible, punto.

La verdadera historia no es la acusación. Es que Cuba podría finalmente estar lista para retirarse.

Los informes de prensa dicen que La Habana ofreció acuerdos. ¿Liberar a los presos políticos? Seguro. ¿Abrir la economía? Bien. ¿Dejar que los exiliados regresen a casa? Hecho. Estas son cosas que las administraciones estadounidenses han exigido durante décadas.

Shea ve un camino aquí. Acepta las concesiones. Impulsar elecciones libres en dos años. Poner fin al régimen comunista sin disparar una sola bala. En realidad, Trump podría conseguir lo que todos los presidentes desde Eisenhower querían. Ninguna guerra. Sólo política.

Pero Trump no está jugando bien. Quiere que los libros de historia lo recuerden como el tipo que arregló a Cuba. Quizás piense que la presión militar funciona. No funcionó con Fidel. No funcionará con Raúl.

Hay una división generacional. Los cubanos mayores en la diáspora estadounidense todavía odian a la familia Castro. ¿Exiliados más jóvenes? No les importan las guerras de los años 60. Sólo quieren vida. El gobierno cubano parece consciente de esta presión.

Entonces, ¿qué pasa después?

¿El mejor de los casos? Una transición. Elecciones. Relaciones normales.
¿En el peor de los casos? Los empujamos hacia la esquina. Alienar a una nación a 90 millas de distancia. Destruir cualquier esperanza de amistad para los próximos 40 años.

La mayoría de los estadounidenses están pensando en los precios de la gasolina. Cuba no. No saben que esta isla se está desangrando debido a la política de hace medio siglo. Los hospitales carecen de aceite para diálisis renal. Los trabajadores no pueden conducir a sus trabajos porque no tienen gasolina.

Imagínense si reparamos las máquinas en lugar de romperlas. Piezas libres de aranceles. Coches americanos. Vuelve el turismo.

O invadimos. O sancionamos más duro. O seguimos esperando.

¿Qué quiere realmente el público estadounidense cuando sus vecinos se mueren por el poder?